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EL VERDADERO VALOR DEL CAFÉ

Crédito:
07 de Octubre 2015
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Nazaret Castro

Los pequeños frutos rojos que da el árbol del café son la base de algo más que una bebida: un acto social implantado en muchas culturas. Es, también, un lucrativo negocio: el café es la infusión más consumida del mundo y mueve anualmente unos 71 mil millones de dólares, según datos de la asociación Fairtrade España. Por la idiosincrasia de esta planta, a diferencia de otros cultivos para la exportación, la mayor parte de la producción corresponde a pequeños campesinos: 25 millones de agricultores producen el 80% del café que se consume en el mundo. Esta planta da trabajo a 100 millones de personas y es, para algunos países, su principal fuente de divisas.

En Etiopía, Colombia o Brasil, el café atraviesa transversalmente el territorio y la historia. El café es, también, una metáfora de la desigualdad que deja la división internacional del trabajo en el sistema capitalista global. Como dejó escrito Eduardo Galeano en

“Las venas abiertas de América Latina”: “el café beneficia mucho más a quienes lo consumen que a quienes lo producen. En los Estados Unidos y en Europa genera ingresos y empleos y moviliza grandes capitales; en América Latina, paga salarios de hambre”.

Lo cierto es que la cadena de producción, distribución y comercialización del café evidencia una radical desigualdad entre el poder de negociación de los países que lo cultivan y exportan y aquellos otros que lo distribuyen, comercializan y consumen. Un informe del IAASTD (International Assessment of Agricultural Knowledge, Science and Technology for Development) aporta la cifra: el café por el que se le paga 0,14 dólares a un productor en Uganda, costará 42 dólares en una cafetería inglesa.

El precio se multiplica por 300 y, según ese mismo estudio, el gran salto se produce en la fase de distribución: de dos dólares al salir de la fábrica, ya procesado, a más de 25 que cuesta en el supermercado. Además de a las presiones para que abaraten sus costos, los campesinos cafeteros se ven asediados por la imprevisibilidad de los precios internacionales del café, que sube o baja no en función de la demanda, sino de la especulación en el mercado.

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